Aprovecho el tiempo de espera del vuelo que me lleva de retorno a casa para explicaros mi última experiencia relacionada con viajar en autobuses con dos alas, ocurrió hace unos dos meses. Quizás el relato resulta largo, si así lo consideráis, dividir la lectura en dos partes que no quiero que os aburráis.
Tras pasar unos días de trabajo (y también ocio) en mi ciudad natal y ciudades cercanas, me dispuse a regresar a mi residencia temporal en el extranjero mediante dos vuelos conectados en una importante urbe germana. El primer vuelo transcurrió sin destacables incidencias, sin embargo el segundo vuelo (transoceánico) se complicó un poco.
Mi asiento se encontraba al lado del pasillo (siempre he preferido tener la posibilidad de levantarme para caminar o cambiar el agua del canario sin molestar a nadie) y junto a mi viajaba una típica familia americana del siglo XXI (progenitor americano, progenitor extranjero con solo una descendiente, muy rubita y delgada). La mayor parte del viaje pasó sin pena ni gloria: despegue, aperitivo rancio de bienvenida, amables palabras del piloto de turno (remarcando que el tiempo en la ciudad de destino no era adverso en absoluto, recuerden estas palabras para más adelante) almuerzo con alimentos coloridos pero insípidos, un par de películas, unos cuantos intentos de dormir y sandwich de despedida. El inicio del descenso ocurrió como era de esperar pero cuando el avión se disponía a realizar el descenso final para aterrizar, los pasajeros comprobamos en las pantallas del avión que la ruta dejaba de ser una línea más o menos recta para pasar a ser una serie de pequeños círculos alrededor del área metropolitana de la ciudad de destino. Tras 45 minutos danzando por los aires el piloto del aparato nos informa que en la ciudad de destino hace un tiempo de perros, que llueve a cántaros y el viento sopla huracanadamente, que debido a estas inclemencias el aeropuerto de destino no puede recibirnos a corto plazo y que el depósito de combustible empieza a estar significativamente vacío. Tras estos claros argumentos ningún pasajero discutió la decisión de llevarnos a un aeropuerto de tercera división donde curiosamente el avión podría aterrizar sin problemas ya que, al estar en la mitad de la nada, dispone de una pista de aterrizaje más larga que las del JFK, recargar combustible y, posteriormente, regresar al destino final del viaje. El problema aparece cuando 1- el tiempo en la ciudad de destino no mejora, sino empeora, 2- los pasajeros pasamos más de cuatro horas dentro del avión, en el aeropuerto “temporal”, esperando a recibir noticias, 3- el agua potable y los zumos se agotan, con el peligro que comporta que algunos pasajeros ingieran cerveza o bebidas de mayor graduación en una situación de estrés como ésta, y 4- empezamos a sospechar que no retomaremos el vuelo, que nos encontramos en una población aislada, la cual no dispone de otra conexión con nuestra ciudad que la carretera convencional y que ya llevamos doce horas confinados.
Finalmente, el piloto se arma de valor y nos da la temida, aunque esperada, noticia que no volaremos hacia casa esa noche. En ese momento los pasajeros pensamos que pasaríamos la noche en algún hotel cercano y al día siguiente retomaríamos nuestro viaje, pero no. La compañía aérea tuvo la brillantísima idea de fletar autocares para continuar el viaje!!! Lógico tomar esa decisión desde un punto de vista económico, menos lógico si la compañía considerase la opinión que 300 viajeros (incluidos unos 40 de clases first y business) se van a llevar de la forma de resolver incidencias.
Pues nada, a respirar profundo, re-armarnos de paciencia y pasar el control aduanero en un aeropuerto sin infraestructura necesaria, el cual acababan de abrir (literalmente) para recibirnos, esperar maletas (en la única cinta para maletas de toda la terminal) y subir a esos autocares que tras más de seis horas de viaje por carretera nos dejan en el destino final de nuestro viajecito, con tan solo 12h de retraso, 36h de sueño acumulado y a 2h de empezar mi jornada laboral… welcome back to America…
Dicen que mal de muchos, consuelo de tontos, y en este caso solo puedo aferrarme a este popular dicho para consolarme. Sigo recordando la descompuesta cara del hombre adinerado (procedente de primera clase y con centenas de millas acumuladas) viajando en el autocar borreguero justo a mi derecha. Eso si, ambos con asientos preferentes, es decir, con acceso al pasillo.
El video, dedicado al lumbreras de la compañía aérea que, estando sentadito en su butaca, decidió desviarnos no se donde y fletar autocares para seguir viajando. Feliz día a todos!
Jajaja!! Jolines, vaya odisea!!
ResponderEliminarEspero que ese día en el lab no te equivocases debido al cansancio y dejases libre algún tipo de virus... Aunque podrías dejarlo libre por la oficina del brillante trabajador de la cía. aérea, a ver si así coge la baja y se despeja un poco.
Menos mal que no se os juntó con la nube de ceniza volcánica!!
Yo no es por nada, pero esta historia esta descafeinada, eh, Jordi??? Besos
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